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12.05.2012

Sello K: “Amé como piscineé”

A todos nos pasó cuando niños. Los rayos del sol comenzaban a calentar el ambiente y la pregunta era cuándo inaugurar la temporada de piscina. Muchas veces nos poníamos traje de baño y ahí estábamos, frente al agua decidiendo si saltar o no. Algunos probábamos la temperatura metiendo un dedo y decidíamos que aún estaba […]

Sello K: “Amé como piscineé”

A todos nos pasó cuando niños. Los rayos del sol comenzaban a calentar el ambiente y la pregunta era cuándo inaugurar la temporada de piscina. Muchas veces nos poníamos traje de baño y ahí estábamos, frente al agua decidiendo si saltar o no. Algunos probábamos la temperatura metiendo un dedo y decidíamos que aún estaba gélida, otros saltaban con algo de aprensión, mientras los más valientes tomaban vuelo y bombita era la elección. Ya adentro podíamos decidir si haber inaugurado la temporada de piscina fue lo correcto o no. Salir corriendo, aguantar un poquito el frío o nadar a destajo eran las opciones.

Esos mismos niños y niñas, hoy, toman la misma decisión. Pero en torno al amor. Porque cuando conocemos a alguien, y esas cosquillas y esas hormonas y esas inquietudes aparecen, bueno, hay que decidir si la temporada de una relación ha llegado. Hay algunos que prefieren dar la media vuelta y “no meterse en problemas”.

Sí, cuando el corazón late trae consigo beneficios, pero también muchas ajetreos. Aquellos pragmáticos tienen la idea consumada que los sentimientos traen líos, y esos líos complicaciones, y esas complicaciones un desagradable sentimiento de incomodidad, porque la sola idea de entregarse a otra u a otro no es parte del mapa de vida.

Son los niños que encontraron siempre al agua muy fría y sólo cuando todos sus amigos estaban jugando en el agua y cuando el sol hacía hervir los termómetros, bueno, decidían bañarse. Son los que hoy se casan últimos y que lo hacen porque su círculo social ya cambió de etapa y… bueno, hay que seguirlos.

Las niñas y los niños que metían su dedillo para probar cómo estaba el agua, a pesar de ser tal vez los más inteligentes, son los que menos disfrutaban. Son esos que tienen que llegar al límite entre relación formal e informal, que nunca pueden contestar el “¿qué somos?”, porque si la piscina se pone fría, bueno, no hay costos altos que pagar si se salen de ella. Y si la temperatura está adecuada, entran de a poco para acostumbrarse. Son esas y esos cuadrados que piensan que las relaciones deben ser siempre cómodas, cobijadoras y gratificantes. Que nunca debieran tener sobresaltos ni exabruptos, como esas mujeres u hombres que en el sexo no se ríen, sólo copulan.

Pero al final de la fila está ese niño y esa niña que mientras el grupo de pre púberes decidían si entrar o no a la piscina ellos gritaban ¡cuidado! Y se abrían espacio entre la multitud y con ganas rompían la tranquilidad del agua. Qué importaba si estaba fría, qué importaba si los labios se ponían morados y articular una palabra era imposible por los tiritones del cuerpo. Son esos momentos los que nos hacen recordar cuán divertido era “piscinear”. Lo mismo nos va a pasar cuando seamos viejos. ¿Fuiste de aquellos adultos que te enamoraste sin dudar, o aquellos que se dieron media vuelta por miedo o perdiste un amor por “probarla”?.

Todo tiempo pasado fue mejor, así que cuando seas viejita o viejito asegúrate de poder decir “amé como piscineé”.

Puedes seguirme en Twitter @BrankoKarlezi

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