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06.10.2010

Sello K: A Dios te encomiendo

En la vida hay despedidas. Las hay de todo tipo. Desde las sencillas y temporales hasta las dolorosas y permanentes. Esas donde decir adiós nos duele en el alma, esas en las cuales deberíamos volver al origen y al real valor de la palabra: “A Dios te encomiendo” y que luego se abreviaría a un […]

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En la vida hay despedidas. Las hay de todo tipo. Desde las sencillas y temporales hasta las dolorosas y permanentes. Esas donde decir adiós nos duele en el alma, esas en las cuales deberíamos volver al origen y al real valor de la palabra: “A Dios te encomiendo” y que luego se abreviaría a un simple “A Dios”.

Porque despedir a alguien, más que doloroso, puede ser una oportunidad, ya sea cerrando el capítulo de una larga amistad o dejando ir al amor de tu vida. Decir adiós debe ser un rito procesado, sentido y honesto para así darle trascendencia, que seguirá siendo triste –tal vez aún más que una separación regular- pero que te llenará el alma de cosas buenas.

La primera etapa es decirse todo a la cara, frente a frente. Lo bueno y lo malo. Lo agradable y lo incómodo. Lo básico y lo complejo. Cuando dos personas no se tienen secretos es cuando se establece una conexión real y permanente, que valoriza aún más la relación que termina.

La segunda fase es un mea culpa. No se trata de pegarse con un látigo y castigarse hasta el fin de los tiempos, sino de aceptar que uno pudo haberlo hecho mejor y que por ende somos humanos. Despedirse de una relación donde nunca nadie fue perfecto pero que a pesar de eso se continuó hacia adelante, le da un valor inconmensurable. Un mea culpa nos abre los ojos de cuán únicos somos al ser capaces de poder progresar en una unión entre dos personas a pesar de todas sus falencias.

La tercera y última parte es la bendición (no, no hay que ser ni cura ni monja para poder bendecir a alguien). Nadie mejor que uno para saber qué necesita la otra persona para que su camino sin ti sea fructífero y feliz. Porque que no estés en presencia y majestad, física y tangiblemente a su lado no significa que tu influencia y energía la deje de guiar.

Si tienes que decir adiós, a pesar de que sea doloroso, no pierdas la oportunidad de cerrar el cerrojo con una llave de oro. No pierdas la oportunidad de abrazarla con todo tu ser y de susurrarle al oído “A Dios te encomiendo”.

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