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20.10.2010

La Gran Familia

“Qué cacho”, dijo el cincuentón de la mesa de al lado. “No estoy para hipotecar mi tiempo ni mi vida para cuidarla… véndele todo y mándala a esas casas de reposo. Oye, ahora parecen más hoteles que lugares de retiro”, le respondió la mujer que lo acompañaba. Fue la gota que rebasó el vaso. Eché […]

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“Qué cacho”, dijo el cincuentón de la mesa de al lado. “No estoy para hipotecar mi tiempo ni mi vida para cuidarla… véndele todo y mándala a esas casas de reposo. Oye, ahora parecen más hoteles que lugares de retiro”, le respondió la mujer que lo acompañaba. Fue la gota que rebasó el vaso. Eché una mirada de desaprobación y dejé el restorán.

No es que no comprenda la ley de la vida y que me ciegue ante la realidad. Los que fueron niños tienen que convertirse en adultos, y aquellos padres jóvenes hoy son personas que necesitan atención, tiempo y cuidado. Tampoco me niego a la posibilidad de que si se puede, desembolsar un buen turro de dinero para darles la genial oportunidad de descansar en un nuevo hogar. Pero el trasfondo del porqué levantarse de la mesa, y de paso dejar un buen plato de pollo arvejado con papas fritas a medio comer,  fue otro. Se trata de la familia.

Ese tan manoseado concepto, especialmente en el último tiempo. Que están las tradicionales, las modernas, las rechazadas, las originales, las trastocadas o las modelo. Lo único cierto es que la familia son dos o más personas unidas por un lazo inquebrantable de amor, confianza, respeto y aceptación. Es ese lugar en el tiempo-espacio, donde nuestros nervios olfativos dejan una huella imborrable, y que cuando seamos viejos y olamos un aroma específico nuestra mente nos hará retroceder años, a ese momento especial cuando éramos niños.

Estamos tan extasiados de vivir, de borrar el pasado y de proyectar el futuro que nunca disfrutamos lo único que existe: el presente. Somos tan egoístas y egocéntricos que cuando encontramos una pareja, ella se convierte en nuestra nueva familia. Cuando lo correcto es que la familia se agrande… no que se separe o divida. Porque su naturaleza es indivisible.

Sí. La familia es el núcleo de la sociedad, pero también lo es de nuestras vidas. Es el lugar donde quienes nacieron con la oportunidad de tener a alguien que los pusiera por sobre sus necesidades, rieron, lloraron, crecieron y maduraron.

La familia no es y no puede ser un cacho. Si alguna vez te inunda esa sensación –somos humanos, ¿no?– cierra los ojos y deja que tu mente te lleve a los momentos más felices. Te darás cuenta que lo único que hay que hipotecar es el egoísmo y el mejor hotel es donde te rodeen a quienes llamas familia.

*Branko Karlezi está nominado a Mejor Blogger, para votar por él ingresa a http://www.premioswaw.com/waw/1958/

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