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10.03.2011

Goza a tus maestros

Esta semana ha sido un poco terrorífica. La razón es que mi abuela, una energética y espléndida mujer de 90 años, se sintió mal y su ánimo comenzó a bajar. Ella, recurriendo a una fuerza desgarradora que parecen poseer sólo quienes llevan casi un siglo de vida en la espalda, decía que era algo pasajero, […]

Goza a tus maestros


Esta semana ha sido un poco terrorífica. La razón es que mi abuela, una energética y espléndida mujer de 90 años, se sintió mal y su ánimo comenzó a bajar. Ella, recurriendo a una fuerza desgarradora que parecen poseer sólo quienes llevan casi un siglo de vida en la espalda, decía que era algo pasajero, mientras que yo, con una intuición de los mil diablos, juraba que era grave. La llevé a la fuerza a un doctor de la UC y la dejó hospitalizada. Algún día prometo narrar lo que implicó contenerla, en una absoluta, escalofriante y también bendita soledad…

Entonces ayer, que fui a visitarla como cada día, me tocó mirar hacia el pasillo y reconocer en una camilla a uno de los profesores de universidad más nobles y brillantes: Enrique Ramírez Capello. Me emocioné tanto que quedé paralizada, sin saber qué hacer. Lo llevaban a un examen, así es que tampoco era cosa de salir a perseguirlo por el pasillo, como si de pronto la vida nos diera la posibilidad de volver a vivir en 1997 y nos encontráramos en la nostálgica sede Ejército 141 de la Universidad Diego Portales. Se veía cansado, un poco pálido, débil. Tenía su boca un poco caída, como en señal de querer dejar de dar la batalla más importante, que es desear, en segundos claves de la existencia, aferrarse a la vida.

Me senté y mi mente lo recordó ágil, con su eterno maletín café y su traje de dos piezas perfectamente planchado. Lo vi recibiendo mis escritos del primer semestre universitario y explicándome que le hacían presagiar que yo era más escritora de realismo mágico que periodista y que como esto no era pecado, tratara de no eliminar la magia en el camino de los cinco años que se me venían encima. Pero también dijo que si alguna vez sentía que la gracia de mi pluma se me había escondido, sólo debía esperar caer en los brazos de la sensibilidad y humildad porque siempre, toda la vida, el don de la escritura volvería a mí. Era mi herencia irrenunciable.

También recordé cuando Enrique Ramírez Capello me pidió ser su ayudante, honor que acepté sin chistar y con un orgullo sólo semejante a un pavo real con plumas de oro. Eso sí, poco me duró, porque con las mismas palabras de amor con las que se refería a mis páginas ardientes me dijo que yo poseía una virtud que me llevaría a un sufrimiento temprano en caso de no ser controlada. “Eres exageradamente rigurosa, exigente y disciplinada”, afirmó. Lo descubrió de golpe un día en que le mostré las notas de ayudantía y casi todo el mundo tenía 2 y 3, porque según yo estos futuros periodistas no sabían siquiera ubicar las comas, conjugar como la gente y escribían cosas mundanas, carentes de alma. Me miró a los ojos y me comentó que no todos tenían la misma energía, pero que a pesar de eso tenían corazón, que era lo único relevante en este viaje.
Y así, un millón de recuerdos que saltan con un desorden esquizofrénico y normal en mi memoria y que me podrían tener escribiendo quizás la vida entera.

Como sé que este blog es altamente leído por universitarias, quería compartir estas vivencias para que no esperes que sea demasiado tarde y la madurez propia de la edad te haga valorar quienes te entregan el potentísimo conocimiento intelectual. Aprovecha tus profesores, exprímeles el cerebro, llega a clases antes que ellos y ándate después, no para caerles bien, sino para evitar perderte un segundo de la preciosa etapa que vives.
Siempre he reconocido que uno puede tener dones, pero otra cosa muy diferente es tener la suerte bendita de encontrar gente que te ayude a verlos y potenciarlos.

Quiero aprovechar la oportunidad de agradecer infinitamente a todos los que retwitearon el aviso de que mi abuela necesitaba dadores de sangre y me dan palabras de aliento vía twitter (@andreeburgat). El amor y la energía de quienes alguna vez conocí y hoy están ahí, pendiente de apuntalarme en mis momentos de debilidad, ha sido central.

Aquí unas palabras de Enrique Ramírez Capello, dejadas en un grupo de Facebook que crearon unos alumnos fans. Ellas, intuyo, les traspasarán una profunda sabiduría y les dejarán en la boca el dulce e inigualable sabor de quien escribe con el corazón.

“Estimados amigos, alumnos y ex discípulos: Me siento en estado de gracia. Apelo a los conocimientos tecnológicos de mis nietos y los descubro. Un abrazo a todos. Nostalgias, recreaciones, amistades ovilladas de nuevo. Como en los días inaugurales. Sólo les he trasmitido mi palabra, rescatada de ensoñaciones, lecturas y … esperanzas. Y mi pasión irrenunciable por el periodismo y la literatura. Como diría Neruda: “En mi corazón caben todas y todos”. Mi puerta está siempre abierta. Lean, escriban, amen. Sean justos, independientes y dignos. Caminen, disfruten y tengan mucho “hablamiento”. Enrique, emocionado”.

AQUI un link de un escrito del maestro sobre su enfermedad y actual hospitalización.

Profe… le hice caso. Gasto mi vida leyendo, escribiendo y amando. Nos vemos hoy. Nos merecemos una mirada de cariño.

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