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22.06.2011

Sello K: No te vayas, no te mueras

Mi tata se está muriendo. Su carita está chupada y su sonrisa es cada vez menos notoria. En un momento de lucidez me preguntó si “esto era lo que se sentía cuando uno moría”. No supe qué responder. Además de la pena y la tristeza de no volverlo a ver cuando llegue el momento de […]

Sello K: No te vayas, no te mueras

Mi tata se está muriendo. Su carita está chupada y su sonrisa es cada vez menos notoria. En un momento de lucidez me preguntó si “esto era lo que se sentía cuando uno moría”. No supe qué responder. Además de la pena y la tristeza de no volverlo a ver cuando llegue el momento de su partida, me embarga la duda de la vida después de la muerte.

Hay quienes creen en un cielo azul, un paraíso donde Dios espera a sus hijos. Otros que volvemos a nacer para seguir aprendiendo y ser mejores seres, algunos aseguran que la religión y la fé no son más que formas de esconder nuestros miedos de que la única realidad es que sólo dejamos de existir, tal cual los animales.

Criado en un colegio Católico, poco a poco he dejado de creer en los ritos y su efectividad sanadora o comunicadora con Dios. Sí creo en la bondad humana y que es un milagro que tengamos el concepto de familia, amor y la capacidad de llorar aquellos que se van de nuestras vidas.

La muerte es un tema trascendental en nuestras vidas, y cómicamente el meollo del asunto es si trascendemos o no. Si continuaremos siendo conscientes de nuestro ser después de que nuestro corazón deje de existir.

En su estado de sopor le rogué a mi Tata que me diera una señal después que dejara de vivir. No para yo quedarme tranquilo de que hay algo después de la muerte, sino para aferrarme a la posibilidad de poder abrazarlo nuevamente, reirme con sus bromas y sentir su olor, su escencia, su energía.

No me da miedo la muerte, dejar de existir. Si me aterroriza dejar de sentir los lazos que la familia te hace sentir, las emociones de amor incondicional, la necesidad de contar con su apoyo cuando la vida te ha dejado en el suelo.

Pero nadie sabe. No hay científico, religioso, erudito o persona que nos pueda contestar esta tan ingrata pregunta. Tampoco me relaja esa frase de que “las personas siguen vivas si hay alguien que las recuerda”. Es como un tapa boca.

La muerte me da miedo. Me da miedo que las conecciones tan únicas, tan irrepetibles, tan milagrosas que logramos los humanos con quienes amamos queden en la nada misma. No quiero que mi tata muera. No quiero.

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