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03.08.2017

Cómo colonicé mi felicidad

Soy un ser racional. Esa fue la frase que usó de manera desesperada mi yo interno para hacerme reaccionar. Y es que llegado el momento en el que sentía que no podía resistir más el dolor, fue cuando entró la lucidez: ¿Por qué sigo acá? (lugar, persona, trabajo, etc).

Cómo colonicé mi felicidad

Sobre esa misma pregunta se proyectaba en mi cerebro la imagen de un pajarito encerrado en una jaula. Al analizar la imagen me di cuenta que él, no tenía la habilidad de levantar el seguro y escapar -¿Pero yo? Yo sí tenía la racionalidad que un ser divino me había regalo y aún así, con tan increíble regalo, no era capaz de abrir un mísero pestillo… Fue ese día cuando por primera vez colonicé mi felicidad: Simplemente, porque lo merecía. 
 
Ya no necesitaba que alguien viniera a entregarme caridad (tal como lo hacían cuando alimentaban a mi ave imaginario). Yo misma podía buscar lo que necesitaba. Pero justamente ahí estaba el problema -¿Qué era lo que necesitaba? La respuesta era simple: Dejar de sentir culpa y comenzar a hacerme cargo de mis actos y necesidades, desechando lo que ya no quería en mi vida y por sobre todo desconectándome de los compromisos sociales-emocionales como “casarte”, “tener hijos”, “ser una buena dueña de casa” o “una señorita”).

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Fue así como sin saberlo comencé a comprometerme sólo conmigo. Iniciando de manera natural una relación con alguien que no conocía: Yo.
 
Cuando hacía frío me quedaba en pijama de polar viendo una serie de Netflix, pero a veces, incluso en medio de un temporal, me levantaba a las 12 de la noche para ponerme mi outfit más “mino” y salir a bailar.  

Me complací en todo lo que quise, después de todo, tenía que conquistarme y mantenerme feliz en esta incipiente relación, tal como lo había hecho tantas otras veces con mis otras parejas (sólo que esta, era la más importante de todas). Me di cuenta que por primera vez en mi vida no esperaba algo de alguien, sino que sólo de mí. 

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Tuve -y sigo teniendo- un montón de citas con My Self, organicé viajes e incluso me regalé una chaqueta que costaba la cuarta parte de mi sueldo.
La vida pareció sonreír, pero no, la vida no era la que me sonreía. Por fin entendí que esta era el reflejo de mi yo interno. El mismo que en un principio se moría, pero esta vez, ¡de la risa!

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