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23.07.2012

Malasia y el viejo continente

No se imaginan lo mucho que me ha costado empezar a escribir esta columna, he borrado demasiadas veces lo que he escrito así que parece que simplemente voy a dejar de pensar y ver qué sale. Han sido unos últimos días rarísimos, la llegada a Europa fue demasiado distinta a lo que pensaba, shock cultural […]

Malasia y el viejo continente

No se imaginan lo mucho que me ha costado empezar a escribir esta columna, he borrado demasiadas veces lo que he escrito así que parece que simplemente voy a dejar de pensar y ver qué sale.

Han sido unos últimos días rarísimos, la llegada a Europa fue demasiado distinta a lo que pensaba, shock cultural demasiado fuerte, y nunca pensé que iba a echar tanto de menos Asia.

Mi última semana en Asia la pasé casi bajo el agua, disfrutando de las maravillas de las islas Mabul y Sipadan, que quedan en la región insular de Malasia (lugar recomendado infinitamente por un profe de la U, GC). La estancia fue extraña, donde los días empezaban tempranísimo yendo a bucear (3 buceadas diarias), seguían con libros (amo mi kindle con la vida, el mejor amigo de viaje), acompañada de un australiano que terminó siendo mi partner perfecto de lectura, y terminaban, por lo general, alrededor de las 21:00 cuando el buceo del día hacía que nuestros cuerpos dijeran basta y se nos cerraran los ojos por más que tratábamos de mantenerlos abiertos.

El día que me fui de la isla fue el más extraño que he tenido en todo el viaje ¡nunca había tenido tantos sentimientos encontrados! Por un lado estaba volviendo a Kuala Lumpur como por la quinta vez en todo el viaje, me sé el aeropuerto casi entero de memoria, y me sentía como en casa, pero sabía que en unas horas más iba a tomar un vuelo que me iba a sacar del continente en el que había estado 8 meses, y no estaba segura de querer dejarlo.

Después en el avión no dormí mucho, y fue extraño pensar que mi viaje estaba empezando a terminar, que con el irme de Asia, dejaba atrás el mochileo (en Europa me voy a quedar con personas conocidas), el conocer a personas distintas en todos los lugares, el huevo al desayuno, los noodles, el arroz infinito, y muchas otras cosas que sólo se encuentran en Asia.

Me di cuenta que estaba empezando a despertar de este sueño gigante que es para mí mi viaje, y que todas las personas, los lugares y los momentos que pasé en los últimos 8 meses en Asia ya parecían un poco más lejanos, y no me quería ir de ahí, quería quedarme allá donde podía hacer prácticamente lo que quisiera cuando quisiera…

Pero por otro lado, dejar Asia significa que estoy más cerca de ver a mis amigos, a mi familia, a volver a la vida real, buscar trabajo, establecerme y pensar un poco en lo que va a ser de mi los próximos años, y en cómo quiero que sea mi vida. Si me preguntan, la opción perfecta sería volver a Chile por un par de semanas, recuperar un poco de energía, ver a las personas que echo de menos, y volver a irme, pero lamentablemente no se puede.

Y bueno, para contarles un poco de lo que ha pasado… Me fui de Asia desde Singapur en un vuelo directo a Londres, y después de un vuelo en el que no pude dormir por el dolor de guata que tenía por los sentimientos encontrados que no lograba identificar plenamente. Llegué a Londres y me encontré con la Feña, una amiga del colegio que amablemente aceptó recibirme, mostrarme toda la ciudad y sus encantos, y atenderme increíblemente bien!!!

Lo pasamos demasiado bien recorriendo horas y horas hasta que nos dolían los pies, hablando de la vida, de nuestros planes o no planes futuros en mi caso, y comiendo por fin algo de comida más occidental, diciéndole chao al arroz! El último día fue entretenido cómo por casualidad encontramos un restaurante argentino y nos deleitamos con unos ricos lomitos!

Después de unos lindos 5 días en Londres, donde descubrí mis zapatos soñados, partí a Berlín a ver a una amiga que había conocido en Cambodia en el voluntariado. Ahí me recibió ella con toda su familia, con demasiado cariño y mil preocupados todo el rato, fueron demasiado tiernos. Paseé con ella también por Berlín, cruzando del este hacia el oeste, estampando mi pasaporte, y disfrutando incluso de una ópera al aire libre.

Ya quedan sólo un par de semanas para despertar de este sueño increíble, para volver a la vida real, y la verdad…como que me aterra un poco. Así que por ahora, a disfrutar lo que queda, y a tratar de no pensar en lo que va a pasar cuando abra los ojos y me de cuenta que todo ya se terminó…

 

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